Durante años, el valor de una propiedad se explicaba casi exclusivamente por su superficie, la orientación, el piso o la vista. Era la lógica clásica: más metros, mayor precio. Pero esa ecuación ya no alcanza a describir cómo vive, elige y prioriza el comprador moderno. Hoy, en un mundo donde las ciudades se congestionan, donde el trabajo híbrido redefine las rutinas, y donde la vida avanza cada vez más rápido, el activo más escaso ya no es el espacio: es el tiempo.










