
Una empresa puede invertir años en construir su identidad. Desarrolla un lenguaje visual, define su posicionamiento, trabaja su comunicación y busca transmitir una imagen consistente en cada punto de contacto con sus clientes.
Pero cuando llega el momento de vender, esa consistencia muchas veces desaparece.
Presentaciones con estilos diferentes, documentos desactualizados, videos de distintas épocas y herramientas digitales que parecen pertenecer a otra empresa.
La marca está cuidadosamente diseñada, pero la experiencia comercial no siempre lo está.









